Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz:
"¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?"
(Mt 27,46).

Es el culmen de sus dolores, es su pasión interior.
Es el drama de un Dios que grita:
"¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?"
Misterio infinito, dolor abismal que Jesús probó como hombre.

Nos da la medida de su amor por los hombres.
Quiso cargar sobre sí la separación
que los tenía alejados del Padre y entre ellos.
Y la colmó.

Cualquier dolor del hombre se encuentra incluido
en este particular dolor de Jesús.
 
¿Acaso no es semejante a él el angustiado, el solo, el árido,
el desilusionado, el fracasado, el débil?
¿No es imagen suya cada división dolorosa
entre los miembros de una misma familia?

Amándolo, el cristiano encuentra el motivo y la fuerza para no escaparle al dolor, al mal, a la división, sino para aceptarlos y dar la propia respuesta personal.

Jesús Abandonado es la clave de la unidad.

De los escritos de Chiara Lubich

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